La figura de Edison sobresale como modelo de tenacidad, como ejemplo del valor del esfuerzo y del trabajo incesante por encima del talento innato y la inteligencia. "El genio es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración" es quizá su frase más célebre.
Desde joven fue muy inteligente, no le gustaba la monotonía de la escuela, y gracias a su madre, que le dijo de leerse el libro Escuela de Filosofía Natural, de Richard Green Parker le entró mucha fascinación y fue cuando quiso empezar ha hacer inventos por si mismo.
Su principal virtud era sin duda su extraordinaria capacidad de trabajo. Cualquier detalle en el curso de sus investigaciones le hacía vislumbrar la posibilidad de un nuevo hallazgo.
Muchas de las investigaciones iniciadas por Edison terminaron en sonoros fracasos.
Su fama se propagó por el mundo a medida que la luz eléctrica se imponía.
El trabajo parecía mantenerlo en forma. Su única preocupación en materia de salud consistía en no ganar peso. Era irregular en sus comidas, se acostaba tarde y se levantaba temprano, nunca hizo deporte de ninguna clase y a menudo mascaba tabaco. Pero lo más sorprendente de su carácter era su invulnerabilidad ante el desaliento. Ningún contratiempo era capaz de desanimarlo.
En los años veinte, sus conciudadanos le señalaron en las encuestas como el hombre más grande de Estados Unidos. Edison había añadido un promedio de treinta millones de dólares al año a la riqueza nacional por un periodo de medio siglo. Nunca antes se había tasado con tal exactitud algo tan intangible como el genio.
En 1927 fue nombrado miembro de la National Academy of Sciences y al año siguiente el presidente Coolidge le hizo entrega de una medalla de oro que para él había hecho grabar el Congreso.

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